Abrió la puerta con desdén, intentando que aquello fuera mucho más tranquilo que el resto de su día. Se sentó en aquel asiento grasiento, por un momento pensó en todas las historias que se podrían contar desde allí detrás, todo lo que había vivido ese asiento gris que si hubiera tenido un poco más de tiempo habría rechazado. Con un movimiento en su cabeza intentó quitar aquellas ideas absurdas que daban vueltas por su mente, vaya estupidez.

Delante había un hombre robusto y de pelo rizado. Giró la cabeza hasta posar sus ojos en ella pero sin tener tiempo a preguntarle cuál era su destinación.
"Avenida tres cuartos, y por favor dese prisa que no tengo todo el día"
El conductor bufó y mirándola por el retrovisor empezó su trayecto. Tenía bastante genio pero todo lo compensaba su cara blanca de ángel, cabellos oscuros y rizados y sus labios
rojos. Tenía las cejas pequeñas, lo que la hacían ridículamente adorable cuando levantaba una de ellas. A pesar que su carnet de identidad pusiera que tenía los veinticinco bien pasados aparentaba una chica de diecisiete años.
Cuando el taxista reconoció aquellos ojos azules tan perturbadores, sin querer una pregunta rompió la tranquilidad de su pasajera.
"Usted es madamme Agustine..."
Aunque aquello no era una pregunta, cualquier hombre que había visitado el cabarete de Edith conocía a aquella muchacha bien plantada. Y por su desgracia ahora la tenía sentada detrás de él. Pero Agustine odiaba todo aquello, odiaba salir a bailar y que todos miraran sus pechos, sus piernas, su boca... a nadie le importaba que se equivocara en un paso o que no bailara perfectamente, nadie admiraba su arte porque solamente pensaban que ella era el arte. Puso una mueca y asintió. Él sonrió, sabía lo que pensaba. Ella rió, todavía no sabe porqué.
"Nunca miré sus pechos" Hizo una sonrisa mostrando todos sus dientes, él debía tener la misma edad que ella, y al igual que ella nadie apreciaba su arte.
"Lo dudo, no eres el primero que me lo has dicho, ni el último que me pide después que le acompañe a casa"
"¿Y si tomamos un café?"
Agustine le dió un beso en la mejilla y su número de teléfono en el billete.
"Quédate el cambio, esta noche en la rue rouge... y no lo estropees, así que no dejes de sonreír"