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Era de las que rompen los puentes con solo cruzarlos
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9 de marzo de 2012

Trenes que se estrellan

Allí toda la gente le parecía extraña, no había ningún rostro cuyos ojos le transmitieran algo de amor. No iba a venir, lo sabía, lo supo en el momento en que se lo propuso y ella añadió "entonces no" pero él insistió y dijo "claro"- sí claro, claro que no ibas a aparecer. No hay nada más triste que una muchacha con ojos perdidos buscando aquello que sabe que no va a encontrar.
Era un desastre, el desastre de su vida. Se había levantado a las nueve, después había fregado los platos, limpiado el baño, puesto una lavadora y tendido la ropa. Finalmente, se había vestido y maquillado aunque por el camino había discutido con el maldito lápiz de ojos que hoy no tenía ganas de funcionar correctamente. Después había bajado por las escaleras corriendo y se tiró contra unos chicos que hablaban de estupideces y que se quedaron asustados cuando aquella chica entró como alma que lleva el diablo. Ahora estaba ahí, sola, observando a ese maldito tren con dirección a algún lugar que detestaba.
Sabía eso de los pensamientos positivos, sabía que podía bajar en la siguiente parada y esperar a que pasara otro tren que la llevara a aquel lugar que ella quería. Muy a su pesar no todo era tan fácil, estaba segura que si lo hacía seguro que el tren se estrellaría o el suyo nunca saldría o cuando fuera a subir lo perdería o cualquier estupidez que le pudiera pasar a ella.
Cuando las leyes de la naturaleza te prohíben estar con alguien deberías parar de intentarlo.

28 de septiembre de 2011

El corazón de Annette era más fuerte que toda Rusia

Sus cabellos dorados y su piel blanca como la nieve la delataban como un lobo en medio de un ramado de ovejas. Sus ojos azules miraban desconcertados hacia uno y otro lado sin encontrar aquello que buscaba. La pequeña Annette corría por en medio de las vías del tren chocándose contra mujeres mayores que llevaban sombreros enormes que cubrían casi sus voluptuosas cinturas.

Gritaba con todas sus fuerzas para llamar la atención de su madre y que ésta se girase. Annette acababa de llegar de Rusia, había pasado las vacaciones de navidad con su abuela en un pueblo cerca de Moscú. La abuela se lo pasaba genial con su pequeña nieta que a penas tenía cinco años recién cumplidos, Annette se pasaba el día fuera de la cabaña revolcándose por la nieve al lado de Albus, un terranova que medía poco menos que Annette. A mediados de enero la abuela Carminam Lunae recibió una carta de Rubensquens, la madre de Annette diciéndole que había encontrado un lugar para vivir y un trabajo que le permitía sustentar a su hija y a ella. La carta iba acompañada de un billete de ida de tren.

Y allí estaba la dulce Annette corriendo hacia su madre con los ojos llenos de esperanza, ansiosos por descubrir una nueva vida donde no tuviera que comer pan con leche todo el día y esconderse al sótano de casa a partir de las siete de la tarde hasta el día siguiente.