"
Era de las que rompen los puentes con solo cruzarlos
".


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17 de junio de 2010

Agustine

Quería contarte una historia sobre dos putas estrellas del rock pero al parecer el monstruo de debajo de mi cama se ha enfadado y se niega a que cuente algo donde no hable de él. Hemos llegado a un trato, mejor ella ha hecho un trato con él.

Entró en aquella cafetería deslumbrando con aquellos ojos azules. Todo el mundo adoraba a Agustine, todo el mundo se acostaba con Agustine incluso una pobre bipolar enamorada del chico de los ojos color cielo. Pidió un café sin azúcar, por supuesto, puedo asegurar que sus labios conservan esa amargura que no comparte cualquier otra parte de su cuerpo. No lo solía tomar muy caliente y siempre sola. Aquella noche se lo pregunté, me dijo que algo tan personal no podía compartir-se con nadie. Para Agustine el café era algo más que sexo entre amargura.

 La campanilla del bar sonó, su piel se erizó, el espectáculo acaba de empezar... Que aquel bar no fuera de buena reputación no le importaba ni a Agustine ni a aquel caballero que se sentaba a su lado sin mediar palabra.

-Llegas diez minutos tarde

Se giró hacia él con una expresión neutral, como si fuera uno más de todos los que han tomado café con ella. En cambio, aquello quería decir que aquel chico no era uno más, que él no pasaría esta noche por su cama, aunque en el fondo los dos lo deseaban apasionadamente.

- Siento ser tan impuntual señorita pero si mi memoria no falla quedamos esta noche, que creo que es ahora, en la Rue Morgue, que si mis sentidos están correctos es aquí.
- De todas maneras, es de mala educación hacer esperar a una señorita.

Él sonrió, ¿quién era capaz de llevarle la contraria a Agustine?, él no lo iba a hacer. Agustine levantó una ceja y mostró una leve inclinación de sus labios rojos. Aquello sorprendió hasta al chico de las copas que este mes le recortarían parte de su sueldo.

- Me llamo Gabriel.

La cara de Agustine se quedó totalmente desfigurada, su rostro se endureció más de lo normal. Sus ojos azules se volvieron carbón como su cabello y cogiendo su cartera abandonó aquel bar.

20 de enero de 2010

Tenía los ojos azul cielo más bonitos del mundo o quizás me estaba obsesionando

Abrió la puerta con desdén, intentando que aquello fuera mucho más tranquilo que el resto de su día. Se sentó en aquel asiento grasiento, por un momento pensó en todas las historias que se podrían contar desde allí detrás, todo lo que había vivido ese asiento gris que si hubiera tenido un poco más de tiempo habría rechazado. Con un movimiento en su cabeza intentó quitar aquellas ideas absurdas que daban vueltas por su mente, vaya estupidez.
Delante había un hombre robusto y de pelo rizado. Giró la cabeza hasta posar sus ojos en ella pero sin tener tiempo a preguntarle cuál era su destinación.

"Avenida tres cuartos, y por favor dese prisa que no tengo todo el día"

El conductor bufó y mirándola por el retrovisor empezó su trayecto. Tenía bastante genio pero todo lo compensaba su cara blanca de ángel, cabellos oscuros y rizados y sus labios rojos. Tenía las cejas pequeñas, lo que la hacían ridículamente adorable cuando levantaba una de ellas. A pesar que su carnet de identidad pusiera que tenía los veinticinco bien pasados aparentaba una chica de diecisiete años.
Cuando el taxista reconoció aquellos ojos azules tan perturbadores, sin querer una pregunta rompió la tranquilidad de su pasajera.

"Usted es madamme Agustine..."

Aunque aquello no era una pregunta, cualquier hombre que había visitado el cabarete de Edith conocía a aquella muchacha bien plantada. Y por su desgracia ahora la tenía sentada detrás de él. Pero Agustine odiaba todo aquello, odiaba salir a bailar y que todos miraran sus pechos, sus piernas, su boca... a nadie le importaba que se equivocara en un paso o que no bailara perfectamente, nadie admiraba su arte porque solamente pensaban que ella era el arte. Puso una mueca y asintió. Él sonrió, sabía lo que pensaba. Ella rió, todavía no sabe porqué.

"Nunca miré sus pechos" Hizo una sonrisa mostrando todos sus dientes, él debía tener la misma edad que ella, y al igual que ella nadie apreciaba su arte.
"Lo dudo, no eres el primero que me lo has dicho, ni el último que me pide después que le acompañe a casa"
"¿Y si tomamos un café?"

Agustine le dió un beso en la mejilla y su número de teléfono en el billete.

"Quédate el cambio, esta noche en la rue rouge... y no lo estropees, así que no dejes de sonreír"