–¿Sabes?, nunca me gustaron las peliculas de terror. Y eso que el miedo era un sentimiento fácil de esconder, solamente tenías que cerrar los ojos y pensar en cosas bonitas, como cuando te decían de pequeño. Al contrario que otros sentimientos como el dolor o la tristeza mucho más difíciles de esconder. Pero los films de terror eran otra cosa. Ese miedo hacía que me entraran ganas de gritar y llorar al mismo tiempo deseando querer salir lejos de allí, a sabiendas que con torpeza no llegaría ni a un metro. Aquel sentimiento hacia que me sintiera en mi habitación -un lugar aparentemente seguro- con un sanguinario, cruel y retorcido asesino. Lo peor es que aquél lugar estaba cerrado con el pestillo echado y verjas en las ventanas. Todo empezaría de nuevo, me tiraría encima del asesino llorando y pidiendo clemencia. Por supuesto haría algo que no les está permitido hacer a los villanos, lo que el señor misterioso dijo que los asesinos no hacían. Le pediría una sola llamada, la manera más débil de querer arreglar lo que hace tiempo que una destrozó.–Y..., ¿a quién llamarías?


