Puso la mano encima de sus ojos y le pidió que los cerrara. Ella cerraba uno mientras abría el otro y levantaba la ceja sin terminar de fiarse de sus palabras.
Quería que volaran muy lejos de allí, a un lugar donde todo era verde y habían precipicios enormes donde corría un agua clara y pura. En aquellas montañas habitaban los animales más exóticos y a la mínima que te descuidases se comían todo el chocolate que llevases en la mochila. La niña miraba su tableta de chocolate y le preguntaba si el blanco también les gustaba, él sonreía con un claro, ¿y a quién no le gusta el chocolate blanco?
Quería que volaran muy lejos de allí, a un lugar donde todo era verde y habían precipicios enormes donde corría un agua clara y pura. En aquellas montañas habitaban los animales más exóticos y a la mínima que te descuidases se comían todo el chocolate que llevases en la mochila. La niña miraba su tableta de chocolate y le preguntaba si el blanco también les gustaba, él sonreía con un claro, ¿y a quién no le gusta el chocolate blanco?
Ainara no quería cerrar los ojos, no quería dormirse y que él no lo hiciera, podría ser una catástrofe que la abandonase en aquel lugar tan extraño. Sus historias la apasionaban, siempre se le hacía tarde demasiado pronto aquellas noches en las que dormía a su regazo mientras le contaba sus aventuras. El chico le había prometido aquel viaje, ir a ese lugar juntos, le decía "acuéstate y cierra los ojos y a ver si nos encontramos" pero de pronto Ainara se levantaba de un salto y le hacía rectificar sus palabras. No quería que fuera un "a ver si nos encontramos" quería que le diera unas coordenadas, el lugar exacto donde encontrarse. Él con sus ojos azules la miró y le dijo que tan solo tenía que silbar, que conocía sus silbidos a kilómetros de casa, por esa razón con tan solo tres años ya la había enseñado a silbar hasta hacer enfurecer a su madre.






